lunes, 31 de marzo de 2014

Más sobre el nombramiento de Violetta como embajadora cultural

Me gustó mucho la nota de Diego Fischerman en el diario Página12 sobre la polémica que ha despertado el nombramiento de Martina Stoessel como Embajadora Cultural de la ciudad de Buenos Aires.

Reproduzco aquí dos párrafos que me parecen centrales en dicha nota:

"Respetar la cultura del otro, cuando el otro es muy otro –digamos un pigmeo o un chorote–, lo hace cualquiera. El asunto es cuando es un “apenas otro”, cuando vive en el mismo edificio pero escucha una música que nos repugna, por ejemplo. En ese sentido, la unción como embajadores culturales de Violetta y Tan Biónica es irreprochable. Esa es la cultura real. Hay gente que prefiere las fiestas con cumbia y globos amarillos antes que los ciclos de la Sala Lugones, y andar en bicicleta con su botellita de agua mineral a cuestas en lugar de sentarse a leer Girondo en el bar La Paz. Eventualmente, mucha gente. Y, por primera vez, un gobierno les da entidad. No los trata como in-cultos (que, además, deberían corregir su falta), sino como sujetos hechos y derechos. Los desplazados, aquellos para los que no hay ninguna duda acerca de la superioridad de Raúl Barboza o Ricardo Piglia o Pablo Mainetti –que no son embajadores culturales– por sobre Violetta, discuten las decisiones gubernamentales en la materia desde una idea de “calidad”. De “altura artística”. Y allí es donde se equivocan. Porque el error de la gestión del ingeniero Macri es otro. Y más grave, en tanto significa desconocer algunas de sus responsabilidades como gobernante."

Y, finalmente:

"Las políticas culturales deben favorecer, si no la imposible igualdad de oportunidades para aquel patrimonio que los negocios no tienen en cuenta, por lo menos su máxima difusión posible. Las políticas culturales –y estas embajadurías, con su posible función propagandística, son parte de sus instrumentos– no deben clonar al mercado, algo innecesario, sino buscar compensarlo. No hay por qué faltarle el respeto a Violetta y a los que gustan de ella. No es que Ginastera o Troilo sean superiores a ella (en todo caso, ésa es otra discusión). De lo que se trata es de que si el Estado no hace nada para garantizar el derecho de la población a conocer (y a disfrutar con ello, si quieren) su “patrimonio cultural”, renuncia a algo que sólo él puede –y debe– hacer. Un Estado que hace suyas, de manera acrítica, las verdades del mercado es, tanto en este campo como en otros, un Estado que no cumple con su misión como tal: velar por aquello –y por aquellos– que el mercado no mira ni mirará jamás."

Fuente: Página12


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